victorianoMe resulta complicado explicar mi experiencia en el Festival Atlántico Sonoro de La Gomera. Supone una tarea compleja porque no puedo catalogar mi paso por las actividades que se llevaron a cabo en el Jardín Botánico del Descubrimiento, en Vallehermoso, como propias de un festival musical. Fue otra cosa. Y ahí radica el punto fuerte de esta iniciativa de la que guardo muy gratos recuerdos.

El festival daba sus primeros pasos. Y como suele ser habitual, resulta muy complicado poner en marcha iniciativas de este calado. Más aún si se trata de una isla como La Gomera, en la que, para desgracia de sus habitantes, no es habitual que se desarrollen actividades de mediano o gran formato, lo que implica que sea necesario tener que llevar de las islas capitalinas gran parte de los equipos técnicos. Así sucedió en aquella edición. Un buen número de actividades musicales y terapéuticas pendieron de un fino hilo hasta el último momento. Algunas se desarrollaron como buenamente se pudo, pero esto otorgó a la cita un espíritu especial y un sello de identidad propio.

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El ingenio, el esfuerzo y la simpatía de los organizadores permitió que los obstáculos se fulminaran en la misma medida en la que sus propias ganas se contagiaban a los gomeros y foráneos que acudieron a disfrutar del festival. Y bien que se disfrutó.

Resulta indescriptible el placer que se siente mientras se pasea por los senderos del Jardín Botánico del Descubrimiento. Más aún si sabes que a la vuelta de la esquina te espera desde una sesión de yoga hasta un medicinal y reconfortante masaje con piedras calientes o toallas. Los nervios, las batallas laborales diarias, el temible sonido del móvil o las pantallas de ordenador ante las que quemamos ingentes cantidades de neuronas cada día, pasaron durante esta cita a un segundo plano. Nuestro cuerpo, al fin, recibió un justo reconocimiento a tanto esfuerzo, en plena naturaleza, con unos tipos simpatiquísimos y entregados que consiguieron que este festival pasara de ser un evento musical y terapéutico a convertirse en una experiencia integral. Y es que si mientras la luz del sol brilla se pudo disfrutar de terapias de la salud, masajes y talleres, por la noche la música tomó todo el protagonismo. Llegó el momento de la diversión, de poner en marcha los músculos que tanto se relajaron horas antes mientras se disfrutaba de varios conciertos en directo y se tomaban unas copas.

Estas son algunas pinceladas sobre mi paso por el Festival Atlántico Sonoro. Pero guardo para el final mi sensación más placentera. Lo que he descrito hasta ahora son las impresiones de un foráneo que pasó por esta cita veraniega. ¿Pero qué pasa con los propios gomeros, que son los que acogen en su propia casa este Festival? Disfrutaron de lo lindo. Se volcaron, en muchos casos incluso por encima de la medida de sus posibilidades, en complacer al visitante. Pero guardaron tiempo y fuerzas para disfrutar de la cita. Acudieron en aquella primera edición en un número más que aceptable. Niños, jóvenes y mayores, junto a habitantes de Vallehermoso y de otros rincones de la isla no quisieron tomar parte de esta cita que va camino de convertirse en ineludible en sus vidas. Este Festival es de ellos y para ellos. Quizás ahí resida la clave de su éxito.

Victoriano Suárez Álamo