mayteNo hay distancias. No hay prisas. No hay agendas, ni nervios, ni ruidos. Se diría incluso que allí uno se puede aproximar al concepto de paz, pese a que el mundo siga vomitando sus batallas diarias más allá de esta frontera artificial. Y es que cuando se accede al pequeño microcosmos que es el Festival Atlántico Sonoro pisamos una especie de alfombra verde que nos da la bienvenida en medio de la naturaleza a un hogar para la calma. Por eso, hablar, escribir y recordar  lo que fue, es y será este encuentro supone vestir las palabras con un manto de sensaciones. Por eso, volver a ese rincón de La Gomera para dar vida a un fragmento de este libro es como volver a sumergirse en un oasis para el alma.

Las montañas sirven de escenario, las palmeras hacen de toldo y las flores pintan de colores los rincones impresionistas del Jardín Botánico del Descubrimiento de Vallehermoso. Un delgado hilo de humo de incienso riega una de las salas de aromas exóticos que invitan al relax y a la meditación, mientras que de fondo suena -como parte de la banda sonora de una película que dura tres días de julio- las notas que regalan los músicos del trío Nuzha-Re. Yo, una más entre el público que habita en esta habitación, me dejo llevar por los sonidos del agua tendida sobre un aislante rojo que hace que deje atrás crisis y revoluciones propias de la ciudad. A mi lado, desconocidos que se tornan amigos de miradas, cómplices de la misma necesidad. Pero en este jardín, de 16.000 metros cuadrados, en el que la música se funde con la cultura y con terapias que llaman al abandono de los problemas, también se puede vivir la experiencia de acariciar los silencios, que en ocasiones rompen las aves que nos observan desde las alturas. En medio de esa quietud y tras haber sentido el fluir del agua por mi cuerpo, se me antoja un paseo.

Camino por pequeños senderos cuya única señalética son las piedras. Durante ese periplo, en el que comparto reflexiones y minutos con quienes me acompañan, me sorprende una exhibición de capoeira. Me detengo para poder admirar con más detenimiento cada una de sus acrobacias, para poder ver como sus pies miran al cielo y sus manos acarician la tierra. Un aplauso para decirles adiós, para agradecer su esfuerzo.

Los pasos arrancan de nuevo por ese mismo camino y esta vez es el perfume a aceites el que llama mi atención. Una nueva fotografía aparece ante mis ojos: sobre hojas de palma, una toalla blanca y sobre ésta, una chica acostada. El pelo cubre su cara. Tal vez duerma, tal vez sueñe mientras otra joven le unta la espalda de esencias y le quita los nudos que el estrés ha hecho en su cuello. Me siento sobre una pequeña roca esperando para poder sentir en mí las manos de esa masajista y, de nuevo, me abandono al tiempo sin minutos. Cuando soy yo quien bajo los párpados, cuando es mi espalda la que se consuela con otras manos, la experiencia de paz se multiplica por mil. “Que no termine nunca”, deseo callada. Pero cuando ya las manos paran, cuando ya puedo sentir un nuevo alivio y me he quitado el peso que sin saber vivía apoyado en mi columna, me arranco nuevamente con espíritu de exploradora.

Me topo con un nuevo murmullo en medio del jardín. La tarde cae sobre nuestras cabezas y suena un didgeridoo (ese instrumento de viento que en Australia usaban los hombres-medicina para sanar). Quien lo toca explica a los allí presentes la historia y las cualidades que emanan de este tubo que en sus orígenes -hace ya 10.000 años- era de eucalipto rojo. Recuerdo aún una de sus frases: “Este es el sonido de la tierra”. Me quedo escuchando sus leyendas y atendiendo a sus palabras que educan a un grupo de personas a hacer sonar este instrumento.

Se empieza a apagar el sol y éste cede su protagonismo a la luna. Después de ver como dos maestras japonesas desvelaban sus trucos para hacer sushi o nos mostraban como son las pinceladas que construyen su escritura. Después de aprender a hacer marionetas de gomaespuma o tras haber asistido a una clase de yoga, se nos antoja una copa en la cafetería. Sentados en torno a una mesa, con amigos y antes de que empiece el concierto que nos dará las buenas noches, un grupo de cuentacuentos relata sus historias y sus fantasías. Niños y no tan niños aplauden agradecidos sus verbos. Sobre las montañas se proyectan luces que visten de colores sus tintes naturales convirtiéndolas, por momentos, en lienzos abstractos. Reaparece la música y con ella, nuevas conversaciones, nuevos lazos de encuentros. Y cuando se calla la noche y ataca el sueño, surge el adiós. Te meces en tu propio yo y te dices hasta mañana con olor a romero.

Sensaciones y sentidos que se amplifican en Vallehermoso. Eso es el Atlántico Sonoro, un remanso de tranquilidad que nos permite poder ser, poder sentir, poder oler y poder oír todo aquello que deseamos pero que nos arrebata la cotidianeidad. Un paréntesis en lo banal. Una vuelta al ser.

MAYTE MÉNDEZ