cristinaSucedió un verano de hace cinco años. Recibí una invitación para asistir a Atlántico Sonoro. Y pregunté. ¿De qué va? Música, masajes, terapias alternativas. Nunca antes había recibido una convocatoria parecida. Pero acepté.

A ciegas y sin condiciones. Y desde el primer momento, cuando la guagua avanzaba por las intrincadas carreteras de  la Gomera supe que no me iba a arrepentir. Allí estaba. El Jardín Botánico de Vallehermoso se reveló como un auténtico Jardín de las Delicias. Un atractivo paraíso de arquitectura vegetal abierto al cielo de aquel lugar de la isla. Un lugar plagado de rincones secretos. De árboles y plantas que viajaron hacia o desde America.

Algunos absolutamente desconocidos para mí. Todos cargados de siglos de existencia. Otros tan sencillos e incluso tan comestibles como un lago de berros flotantes o un sembrado de papas antiguas. Cada recodo de sus empinados bancales suponía una auténtica lección de botánica. De esas que ningún habitante de este planeta debería dejar de conocer. Y allí también descubrí lo sencillo que es dejarse cuidar. Aceptar por ejemplo la oferta de un masaje bajo un laurel de Indias. Una de esas experiencias difíciles de olvidar. Tanto que pasados los años aun recuerdo como la luz del sol se filtraba entre aquellas hojas rojas mientras yo me olvidaba hasta de mi nombre. El apellido también lo perdí. Fue cuando una manos expertas colocaban sobre mi espalda unas piedras calientes. Mi vista se dejaba llevar entre una y otras especie de orquídea. Todas de formas diferentes. Algunas de colores imposibles. Y además estaba la música. Sobre un balcón que dominaba todo el terreno se mezclaban el silencio sonoro del barranco, de los grillos y las hormigas voladoras con el saxo, la guitarra acústica y las voces del Lejano Oriente que se fundían como un mensaje de tranquilidad en la noche gomera. Disfruté de aquellas noches de calor con al serenidad que da mirar a las estrellas. Algunas parecían titilar al ritmo que marcaban todos aquellos sonidos. Toda aquella amalgama de sensaciones que durante unas noches de Agosto me ofreció la  experiencia de participar y de vivir un Atlántico Sonoro. Que nombre tan bien elegido.